De las palabras y la Literatura
Querer experimentar con las palabras ha sido ese sueño que acaba por convertirse en pesadilla en cualquier vocacional de las letras, porque suelen ser ellas las que experimentan con nosotros. Nuestras limitaciones a la hora de expresarnos pasan por sus caprichosas estructuras y convierten nuestras emociones en fraudulentos campos semánticos y sintácticos que no siempre reflejan el pensamiento que ha generado una emoción o cualquier otra condición extrínseca a él. La gran paradoja es que son, a la vez, nuestras mayores enemigas y nuestras mejores aliadas para la expresión, pero siempre condicionantes esclavizadoras del pensamiento y/o sentimiento.
La convención social que representan es sólo ese frágil equilibrio entre realidad y pensamiento, que, teóricos mentalistas como Saussure, lograron definir con una simbología virtual que ponía en juego constantemente su credibilidad como comunicadoras del pensamiento concreto por sí mismas, ya que se encadenaban irremisiblemente a todo un complejo aparato lingüístico del cual dependían, y de teóricos conductistas como Wittgestein que, acertadamente, pusieron en tela de juicio la auténtica efectividad del lenguaje para explicar el mundo. Más tarde, con el desarrollo de la pragmática, se afirmaría que la acción concreta del hecho lingüístico sólo tiene sentido real en el instante en que es realizado y dentro de un contexto determinado.
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