El vuelo del pasado
Como cuando de niña me sentaba al lado de mi padre sobre los riscos de algún bosque, y él, con esa parsimonia que solo es posible en esos instantes circundados por la magia de la naturaleza y la sensibilidad del alma, me enseñaba a engrandecer el espíritu, elevándome por encima de aquellos árboles que ahora, a la vista de su mirada, parecieran ser los espacios donde los ángeles escuchaban sus palabras y nos acunaban con sus alas, permitendo aquellos maravillosos momentos que volverían a repetirse mucho tiempo después, en la parsimonia de otro espíritu lejano que tan familiar me parece, y a la vez tan distinto.
Y los universos a los que pertenecía se desdoblan ahora en ese recato de tiempo irradiado, inundando otra vez las bambalinas de mis pensamientos y elevando mi espíritu de nuevo por encima de todo lo que toca la tierra. Y vuelo, sí, quizás en fantasías de ángeles que me ofrecen sus alas, quizás en quiméricas rutas de destinos inciertos, tan necesarios como el aire que respiro, y tan ciertos como los recuerdos de aquellos instantes del pasado.

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