De la Literatura, la inspiración y su relación con algunos autores I
No recuerdo por ahora quién dijo que el hombre era pura nada. No algo, ni cualquier cosa, sino una pura nada. Y no me siento así en este instante; quizá porque conociendo lo flaco de mis limitaciones jamás elaboré un espíritu de confianza; jamás creí en el respeto propio.
Difícil es contener ese silencio que precede al estallido del alma cuando estamos en ciernes de volcar palabras en una hoja; es como un leve rumor que se acerca acechante por el horizonte y que, de repente, se vuelve un huracán que remueve los cimientos dormidos de la más remota célula creativa y nos hace vibrar al son de misteriosos mecanismos. Pero no siempre conseguimos despertar del letargo, ni tan siquiera podemos plasmar todo lo que nuestra inquietud nos dicta; diríase que, casi sin excepción, una parte de ella se esfuma en cuanto cogemos la pluma y tomamos conciencia de la realidad del proceso, como si fuésemos esa pura nada que desprecia nuestro respeto; o como si la Literatura fuese un pájaro que siempre está volando y al que es difícil saber tratar cuando se consigue dar con él, para después permanecer lejos de nuestro alcance, emigrado. Sería esto lo que da lugar a esos tiempos muertos en los que parece que todo lo que nos motiva se queda en agua de borrajas y acabamos estancándonos. Más o menos así lo comenta el escritor John Gardner:
Tengo grandes estancamientos. No es que, como todo el mundo, tarde días y días en contestar con una postal la carta urgente que me han escrito. No es que, como nadie, retrase indefinidamente lo fácil que me resulta útil, o lo útil que me resulta agradable. Hay más sutileza en mi falta de entendimiento conmigo mismo. Me estanco en el alma misma. Se produce en mí una suspensión de la voluntad, de la emoción, del pensamiento, y esta suspensión dura magnos días; sólo la vida vegetativa del alma –la palabra, el gesto, el hábito- me expresan yo para los demás y, a través de ellos para mí.
Pero la Literatura también es caprichosa y a veces juega remolona con algunos autores a los que se entrega dócilmente en una sola obra para después seguir su camino, como si yaciera en el fondo del mismo alma, en estado latente, esperando que algo la haga despertar y después, efímera, salir volando en la calina de un desierto perdido esfumándose. Es este el caso de Juan Rulfo y su Pedro Páramo. Sobre ella (su obra) nos comenta él mismo:
Se me ocurrió todo eso porque entonces leía demasiado y con frecuencia no tenía el estado de ánimo para disfrutar plenamente mis lecturas, incluso tratándose de escritores que me gustan mucho. Yo quería leer algo diferente, algo que no estaba escrito y no lo encontraba. Desde luego no es porque no exista una inmensa literatura, sino porque para mí, sólo existía esa obra inexistente y pensé que tal vez la única forma de leerla era que yo mismo la escribiera. Tú te pones a leer y no hallas lo que buscas. Entonces tienes que inventar tu propio libro. Desecho, desecho siempre y no encuentro lo que quiero. A veces me agoto inútilmente.
Uno de los versos de Neruda: Mis criaturas nacen de un largo rechazo, nos da una idea de lo que significa para otros autores escribir Literatura. El escritor se redime a través de la palabra escrita, exorciza aquello que le carcome el alma para darle forma valiéndose de la fantasía y de la pasión. Es un proceso de liberación sobre el que se asientan los cimientos del ser humano, su esencia, incluso puede producir cierta náusea, o, al menos, así lo asegura Lawrence Darrell:
Mi propia obra me produce una náusea terrible, una náusea puramente física.(...) El Libro Negro fue un intento de fuga de esa sensación de asfixia, de sofoco. Quería liberarme yo y abrir el camino a una obra libre. Me comporté como lo hubiera hecho Lady Chatterley o Molly Bloom. Fue una especie de autopsicoanálisis, un libro terapéutico. Mi intención era escribir una novela al estilo de Les Chantes de Maldoror, y para ayudarme provoqué una crisis nerviosa. Pero se convirtió en un juego demasiado peligroso y me vi muy cerca de la locura. Estuve completamente aterrorizado y regresé a una postura más racional. Fue, en verdad, una batalla salvaje librada para encontrar mi propia voz, un deseo de interioridad, de comprensión íntima.
Si quiero escribir, escribo; y si no quiero, no lo hago. El problema reside en encontrar con exactitud la forma que adopta la pasión en cada uno. La obra nace por pasión en mí, como los besos.
En otras ocasiones la literatura se vuelve en un objeto de gozo al que el autor no puede renunciar por puro hedonismo y a la que se resiste a domar con esquemas ajenos siguiendo sus propias pautas, como Flaubert:
Por delicioso que sea, el pasatiempo de medir y juzgar es la más fútil de las ocupaciones y el someterse a los decretos de los medidores y jueces la más servil de las actitudes. Lo que importa es que escribáis lo que deseáis escribir: y nadie puede decir si importará mucho tiempo o unas horas. Pero sacrificar un sólo pelo de la cabeza de vuestra visión, un sólo matiz de un olor en deferencia a un director de escuela con una copa de plata en la mano o algún profesor que esconde en la manga una cinta de medir, es la más baja de las traiciones.
Los libros no se hacen como los niños, sino como las pirámides, con un diseño premeditado, y añadiendo grandes bloques, uno sobre otro, a fuerza de riñones, tiempo y sudor.
La palabra humana es como una caldera rota en la que tocamos melodías para que bailen los osos, cuando quisiéramos conmover a las estrellas.
En definitiva, podemos afirmar que la esencia de la Literatura no es otra cosa que la esencia de la palabra humana con una función semiótica de la propia idiosincrasia de cada autor dentro de su existir como ser humano.

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