Miércoles 09 de Mayo de 2007

De la Literatura, la inspiración y su relación con algunos autores II

Como concluía en mi anterior artículo, si indagáramos en las vidas y circunstancias de estos autores, encontraríamos interesantes claves que nos ayudarían a descifrar sus motivaciones a la hora de componer su propia Literatura; cada elemento de vida, cada suceso, marca una huella imborrable que va a ser la que después indicará el camino por el que se deslizará la creación literaria, y todos esos caminos, originalmente, partirán del mismo lugar para bifurcarse, serpentear, seguir rectilíneos o a través de laberintos, llegando así a la meta final: la Literatura.

En otros autores, nuestro rastreo llega a encontrar una motivación de diversión. La Literatura es fuente de placer y éste radica en un especial talento para manejar las palabras que descuella de todos los demás menesteres de la vida. El escritor lo descubre y ello le produce un gozo especial. Este es el caso de Natalia Ginzsburg o Bioy Casares:

Cuando me pongo a escribir, me siento extraordinariamente a gusto y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien: utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. N. G.

A mí me divierte escribir, aunque muchas veces las vacilaciones que tengo al hablar se me corren a la pluma. Las venzo. El placer de inventar es grande; también el de lograr una página satisfactoria. Mis relativos aciertos me bastan para decir que me gusta esta profesión, que me gusta inventar, que me gusta haber inventado historias y tener otras para escribir. B. C.

Pero no se engañen, la Literatura suele siempre escocer en los telares de sus creadores y casi siempre se revela en esa dualidad placer-dolor tan familiar para los escritores, una relación que, no pocas veces, se convierte en un proceso neurótico y obsesivo rayando en el masoquismo, combinando la racionalidad con lo puramente neurótico. Veamos lo que nos dice Auster sobre esto:

Todos mis libros son difíciles de escribir. Escribo de manera lenta y dolorosa. De hecho, no parte de una estructura; es el libro el que me encuentra a mí. Es más, si entendiera exactamente lo que escribo, no escribiría. Y cuando termino uno de mis libros me siento triste, me sabe mal haber perdido a mis personajes.

No creo que esto sea difícil de entender si tenemos en cuenta esa función de catarsis espiritual que significa escribir y en la que el escritor consigue deshacerse de sus fantasmas, a la vez que deja entrever los entresijos del alma humana. Recuerdo, sobre todo, a una escritora intimista, Virginia Woolf, que supo hacerlo como nadie, de tal forma que hasta a ella misma le atormentaba leerse a sí misma; así lo manifestaría en su Diario en la época que escribía La Señora Dalloway:

Me pregunto si algún día seré capaz de volverlo a leer. ¿Llegará el día en que pueda soportar leer mi propia literatura en letra impresa, sin sonrojarme, temblar y sentir deseos de ocultarme?

Es un claro ejemplo de cómo la vida del escritor va a jugar un importante papel a la hora de hacer Literatura, imprimiendo en la obra todos aquellos prolegómenos que quedaron impresos en el fondo de nuestro inconsciente o suspendidos en una memoria que incluso puede haber sido ya olvidada, ¿quizá la memoria colectiva?, quién sabe, sin embargo, ya sabemos que no será la única motivación que llevará hacia ella, ni tampoco su único fin...

Otra visión de la relación Literatura-autor más sensualista, nos llega a través de los sentidos, son ellos los que, en primera instancia, nos pondrían en guardia hacia sus caminos. Medardo Fraile nos cuenta su secreto:

El secreto del escritor no está en la técnica sino en los ojos.

Y era en los ojos precisamente, en los de la imaginación, donde otro gran escritor, Jorge Luis Borges, visualizaba y plasmaba su Literatura con gran precisión y detallismo para contarla después a sus amanuenses.

Empiezo por divisar una forma, una suerte de isla remota, que será después un relato o una poesía. Veo el fin y veo el principio, no lo que se halla entre los dos. Esto gradualmente me es revelado, cuando los astros o el azar son propicios. Más de una vez tengo que desandar el camino por la zona de sombra.

Él mismo comentaba cuando le interrogaron sobre la originalidad de sus cuentos que “Todo lo que yo he hecho está en Poe, Stevenson, Wells, Chesterton y algún otro”

Como si realmente la Literatura fuese parte de esa memoria colectiva, que se engarza en la vida interior de los autores y que, en determinados momentos, surge espontáneamente a través de la imaginación para derramarse entre palabras.

Sin embargo también nos queda una visión más prosaica, según nos revela Gabriel García Márquez, para quien la inspiración sólo es trabajo y más trabajo, una pelea constante por sacarla a la luz partiendo de un tema:

Yo no la concibo como un estado de gracia ni como un soplo divino, sino como una reconciliación con el tema a fuerza de tenacidad y dominio. Cuando se quiere escribir algo, se establece una especie de tensión recíproca entre uno y el tema, de modo que uno le atiza al tema y el tema le atiza a uno. Hay un momento en que todos los obstáculos se derrumban, todos los conflictos se apartan, y a uno se le ocurren cosas que no había soñado, y entonces no hay en la vida nada mejor que escribir. Eso es lo que yo llamaría inspiración.

Para terminar, si atendemos a la variedad de motivaciones de cada cual, a las diferentes maneras en las que cada uno descubre su particular forma de hacer Literatura, apreciamos que, si bien la Literatura surge por diversos caminos en cada autor y que ésta (la Literatura) atiende a su personalidad y circunstancias de vida, ninguno de estos es ajeno a los demás, sino que se complementan, y en todos ellos existe un nexo que une a todos los escritores en sus obras, y ese nexo no es otro que la complejidad del espíritu humano en todas sus facetas.

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Respuestas

10 Mayo 2007 - 23:39
Enviar un email Alfredo

¡Ese párrafo final! Siempre tan conciliadora usted: debería postularse para ingresar al cuerpo diplomático o fundar el Colegio de Eclecticismo, así como Jarry fundara el de Patafísica ;-). Yendo al asunto que nos ocupa, le creo a Auster, un sujeto "cervantista" o "sterneiano", indudablemente. Aunque del tal escriba he leído poco y nada, diría que los mejores escritores que me tropecé por ahí suelen ser de los que se dejan indudablemente la piel puliendo sus textos, al mejor estilo de un artesano apasionado. Gente que tiene la escritura dentro del cuerpo y necesita sacársela de encima, como una maldición de destino cíclico. Uno tropieza cada tanto con felices sujetos de otra índole, como Borges o Melville, que indudablemente creaban un argumento y luego lo desarrollaban, o sea, eran capaces de inventarse o descubrir cómo llevar del principio al final previstos la historia de sus personajes, como si del medio juego del ajedrez se tratase. Pero son casos bastante raros, tirando a milagrosos. Suelen ser tipos de una feliz frigidez intelectual y gran poder de síntesis. Finalmente, noto que García Márquez insiste con la idea del "literato científico", la superstición de la estructura, y debe ser por eso que no soy su lector: a mí Gabo, salvo en "Cien años de soledad", ni fu ni fa, aunque me hayan interesado ciertas notas periodísticas suyas (aunque tiene un feo vicio: reportear sin grabador ni libreta de apuntes; reconstruye los supuestos diálogos de memoria, o sea que aumenta el riesgo de falsear los dichos del personaje entrevistado). Salúdole con distinguida consideración, etcetera.

14 Mayo 2007 - 17:16
Stel

Bueno, yo diría que la conciliación es otra de las armas secretas del escritor. Básicamente, estoy de acuerdo con usted, don Alfredo. Creo que cada uno imprime su yo a la Literatura y eso no excluye las diferentes maneras de llegar hasta ella, cada cual a su aire, por supuesto. Salúdole desde mi lado.

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