Jueves 17 de Mayo de 2007

El experimento

     A raíz de una interesante revelación onírica que me aconteció hace algunos días, al parecer, según se me explicó después, de índole cósmica superior por la cuadratura de Mercurio-Júpiter-Plutón, y que versaba sobre ondas y embriones, me decidí a tratar de llevar a buen término ciertos experimentos con la vida y la energía que tenía esbozados en mi cuaderno de campo. Para ello tomé la más sencilla y accesible célula embrionaria animal que se me ocurrió: el huevo.

    Tomé un huevo de gallina parda, de esos que son morenos, y empecé a cavilar... Si un huevo fecundado es incubado por la gallina y nace un pollito, y teniendo en cuenta que es el calor el que produce su desarrollo, entonces determinadas ondas de energía deberían actuar igual, reduciendo el proceso incubatorio. Y tomando esta deducción como base, empecé a darle vueltas y pensar cuál sería el tiempo y las ondas correctas para su incubación dentro de un macroondas galáctico que me había regalado un amigo científico. De esta forma, metí el huevo en el macroondas con el selector en la posición de deshibernación nitrogénica, y le di 600 microsegundos de tiempo. Cuando acabó, abrí el macroondas y una enorme gallina transgénica me picoteó el brazo: mi experimento no había salido como esperaba.

    Entonces me decidí por estudiar una fórmula para que en vez de gallina saliese un pollo joven que no fuese muy grande. Así elaboré una sencilla regla de tres: 60´ es a gallina como x es a pollo. Me faltaba convertir los animales en símbolos numéricos, para ello consideré el factor tiempo: una gallina es tal cuando cumple más o menos dos años de vida y un pollo pequeño lo es desde que nace hasta el año, tomé la referencia de dos meses para probar. Todo traducido a minutos nos daría:

gallina= 1051200 minutos
pollito= 60días x 24 horas= 1440h x 60 minutos = 86400
60´es a 1051200 como x es a 86400
despejando la x obtenemos la fórmula: X= 86400 x 60 = 4.9 1051200

X= 4.9 minutos

    Probé con otro huevo dándole una temperatura más baja y a cincuenta microsegundos de tiempo y cuando abrí la portezuela salió un bicho con alas y ocho ojos que tenía una especie de trompa y patas peludas. Me fijé en que la mosca que había entrado poco antes no estaba ya en el laboratorio... ¡Había conseguido una microfusión de elementos vivos en unas frecuencias que permitían cierta evolución!

    Mi delirio febril darwiniano era ya insoportable y me indujo a cerrar la portezuela para que no pudiera salir aquel ser; le volví a dar al mando, esta vez 1400 microsegundos. ¡Voilà! Al abrir la portezuela un pequeño dinosaurio con alas saltó sobre el suelo y comenzó a volar por el laboratorio, fue a estamparse contra los azulejos de la pared y cayó moribundo a mis pies. Aquello confirmaba una intuición que había nacido en mi interior ya hacía mucho tiempo, pero no era suficiente para mis ya muy elevadas expectativas.

    Tenía claro que con aquel resultado todo un abanico de posibilidades se abría ante mis ojos, y decidí seguir una corazonada explorando las posibilidades con más ecuaciones. Si la X= 4.9 para dar un animal ¿cuál sería la incógnita a despejar para un ser más humano?, ¿habría alguna forma de averiguarla?, ¿podría hallar el eslabón perdido de la evolución humana, quizá? Todo ello me hizo pasar noches y noches trabajando sobre el experimento, reformulando y teorizando con complejos sistemas ecuacionales y fórmulas matemáticas, despejando la X (factor animal) y la Y (factor humano), y relacionando el tiempo de desarrollo del embrión humano, que dura 9 meses, con la duración del proceso evolutivo humano.    

    Tomando como referencia la evolución de los homínidos desde el primer australopithecus encontrado en África, que vivió hace 3,8 millones de años, me daba cuenta de que el tiempo jugaba un importante papel para este desarrollo y que en él estaba la clave donde se conjugaban todos los demás homínidos con sus características evolutivas diferentes dentro del marco de sus propias fechas de existencia: homo habilis, homo erectus, homo sapiens... absolutamente todos estaban sometidos al factor variable del tiempo.
 
    De esta manera, el tiempo era crucial para determinar frecuencias de ondas en un proceso totalmente artificial de evolución que es lo que yo me había propuesto hacer desafiando a las leyes de la naturaleza. Conseguí que todo aquel bagaje de incógnitas, variables y magnitudes se redujera a una sola fórmula que apliqué y adapté a la caja de mi macroondas.

    Y llegado el momento clave para probar mi fórmula, introduje dentro al dinosaurio que había logrado recuperar y me dispuse a ajustar el mando de las ondas y el del tiempo según había desarrollado. Mis nervios aumentaban y todo era posible en aquel laboratorio. Todo menos lo que finalmente ocurrió.

    En el último minuto hubo un apagón general y después de unos segundos volvió la luz, pero el macroondas explotó y su contenido se esparció por la estancia sin que acertara a reconocer ningún elemento humano entre aquellos restos viscosos y llenos de una sustancia verdosa que no tenía ni idea de lo que podría ser. Mi macroondas no pudo recomponerse y tampoco había otro para reponerlo, por lo que tuve que abandonar mis experimentos sin ningún descubrimiento claro y preciso, excepto, quizá, el de que la naturaleza no se deja engañar fácilmente por la tecnología.

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Respuestas

27 Mayo 2007 - 14:04
Enviar un email madisonrey¬

Muy bueno. Se adapta al estado de mi cerebro, que tengo desde ayer.

28 Mayo 2007 - 08:39
Stel

Ja ja Gracias! Seguiré investigando...

29 Mayo 2007 - 05:37
Enviar un email Javier

Espero que al meter la leche a calentar por la mañana no me salga una vaca mutante.... Parece evidente que la temperatura condiciona la evolución, el pelo del mamut sería mortal en la sabana africana al igual que ir "desnudo" por los glaciales de la Siberia del pleistoceno. jeje que jocosa forma de ver los fenómenos reales!! saludos www.nubiru.blogspot.com

30 Mayo 2007 - 04:35
Stel

Y bueno, uno nunca sabe... Gracias, Javier, por leerme. Le echaré un vistazo a su blog. Saludos.

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