Viernes 21 de Septiembre de 2007

Claroscuros de otoño

    En la antesala del otoño se abre la afección buceando en las inmensas lagunas del pasado; recorriendo lugares fugaces que se esconden en los claroscuros del alma; sintiendo los verdes tornarse ocres.

    Ofrecen sus dunas de oro desiertos desnudos, y el vuelo del vértigo sobre cielos ultramarinos riega los campos soledados; recuerdo la sombría copa de un cedro amedrentar la calidez del verano, meciendo sus ramas al rumor de la brisa sureña. Pero el exilio siempre logra salvar del caos de la existencia; es un exilio de renuncias, de carencias, de distancias, de soledades...

    Otoño, que llegas del exilio, agridulce, entreverado de químicas urgentes, derrotas, melancolías y adagios; tus ríos vertieron su agua dulce en la inmensidad de la sal marina y en las agujas del tiempo navegan de nuevo a la deriva las voces malditas de tus sombras.

    Impregnado en la leve satisfacción del contrasentido, metamorfoseado y convertido en un desesperado enigma que lanza su desafío hacia las almenas más etéreas del destino, en un rosario de incontenibles frustraciones y glorias; placeres inciertos de diabólica sabiduría, asombros de cristales rotos clavados entre la sangre del alma.

    Emerges irrefrenable e inevitable; sucumbo a tu impenetrable encanto.

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