Amanecer marchito
En estos amaneceres marchitos
no quiero indulgencias
sobre el lodo eterno que cubre mis dioses.
Arrastrando los versos indómitos
escucho el gemido de los árboles talados
gritando su razón en el lacerante filo de un hacha;
de cuajo
su destino crepita en la hoguera,
me convierto en cenizas.
Más allá del bien y del mal
su nombre estalla una y otra vez entre las mareas
contra la muralla en ruinas de un paraíso infame
o, quizás, de un desierto sublimado
quién sabe, pero no quiero
esa nostalgia que perpetua el desconsuelo
del siroco que aún sobrevive
ahogando flores de otro tiempo.

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