Lunes 24 de Octubre de 2005

Para Lavalle desde Valencia

Lo que te voy a contar lo podés entender aunque te trate de vos o haga falta que te hable de tú. Podés, incluso, ser de acá y allá y entenderlo de la misma manera porque las calles son iguales de este lado y de aquel otro. El aroma de un domingo, descubrí recientemente, es idéntico en Buenos Aires o Valencia y, junto con ese fragor de cielo azul, el deseo de compartir un momento de espectáculo. Porque ir al cine es mucho más que sentarse a ver una película: simboliza compartir con una familia anónima, un conjunto de personas con iguales anhelos en tren de genocidio de don Ocio, y escuchar sus murmullos, el crujido de sus papas fritas y el sinsabor de sus comentarios despectivos en los momentos más inverosímiles de películas que se creyeron buenas y resultaron patéticas. Ir al cine es y será un espectáculo por el hecho de sentarse en la butaca y sentir en el aire la respiración de una masa uniforme de gente que quiere gozar frente a una inmensa pantalla de tela blanca cuyas sombras de manos y cabeza, nunca faltan, son el producto de la espera antes de los créditos, santo inicio de todo film que esté en el gremio de directores.

Hice este breve preludio para poder explayarme sin sentirme culpable al hablar críptico sin quererlo: quise dejar zanjado el hecho de que si bien hablaré de un lugar que posiblemente no conocés, que no caminaste ni sentiste, lograrás alcanzar la esencia de lo que te quiero relatar.
Hay un punto clave en Buenos Aires. En ese punto, cortado transversalmente por la calle Carlos Pellegrini, sombra de la ?más ancha? de las avenidas en este bendito mundo tan dado a la exageración de pescadores de estuario, se inicia un sendero de peatón donde, en teoría de dudosa credibilidad, no tienen acceso los vehículos de dos ejes. En ese sitio con olor a vino viejo, como de barril del Carbonífero, se reflejan los carteles de neón de la tan amada Lavalle y su hermana Florida, ambas madres de los más fastuosos cines de antaño en la ciudad porteña. Fueron momentos de gloria para los espectadores que, impacientes, se sentaban en aquellas gradas planas, fila tras fila de cabezas inquietas o ladeadas, tocadas con sombreros o rumores, y momentos de gloria también para quienes se veían recompensados en sonantes ganancias por haber erigido tales monumentos al arte invasor que irrumpió en el s. XX con una furia tan imprevisible como tenaz.





Desde lo que el viento se llevó, recorriendo las ornamentas de bronce y meciendo con su ululante soplido las largas lámparas que nacían de un techo como de cielo al campo abierto, hasta una guerra de las galaxias que sumergía a la oscura noche del salón un espacio sideral lleno de puntos que podían ser estrellas tan cercanas por la vista como distantes para la mano.
Algunos nombres de aquel ducado: Ocean, Monumental, Normandie, Trocadero, Atlas, Ambassador. Muchos de ellos son, hoy por hoy, inmensas playas de estacionamiento subterráneo o galerías anchas y profundas con incontables negocios de música o peluquerías.
Lavalle, el dieciséis de julio del 2005, me devolvió una mirada y la reconocí extraña. Yo había hecho un largo viaje hacia otros arrabales y no creí que los pocos sobrevivientes de la masacre iniciada por las grandes empresas internacionales, encargadas de emancipar a las películas mediocres para repartirlas como alimento nutritivo para las mentes ansiosas, estuvieran en tan deplorable estado. El Atlas, por ejemplo: carcomido por la vejez, tenía en una de sus salas el parquet levantado, dejando a simple vista el hormigón que defendía el suelo de la tierra; en la entrada, un inmenso rollo de alfombra con olor a humedad y mil veces bañado por gaseosas, escupitajos o zapatos que recorrieron lluvias; los encargados de vender las golosinas, malhumorados, casi ofuscados por mi presencia y la de los demás; los baños, mugrientos, como si fueran de cantina trasnochada. Los precios de sus entradas ya no eran lógicos ni mucho menos equiparables a los servicios ofrecidos. Tuve que mirar hacia otro lado, pasando muy de largo por aquel pequeño engendro, paradigma de cine pobre, donde ofrecen dos películas que ya no son estreno por el precio de una como güisqui rebajado con agua de grifo.
Cinemark, Hoyts, Village Cinema y Showcase eran la Santa Unidad que llevaba, como encabritados corceles de Apolo, la cuadriga del séptimo arte. La entrada oscilaba a precios desmesurados. El apogeo del 2001 había enviado los números al cielo raso y, aparentemente, el cielo raso tenía pegamento, porque no bajaban. La sala, aséptica, era sencillamente genial: generosa en efectos y en calidad de imagen. La cantidad de gente se reducía a unos pocos noctámbulos que, como yo, no querían esperar al fin de semana. Y, sin embargo, faltaba algo.




No me voy a poner el disfraz de rioplatense nostálgico sin cura, pero Lavalle es Lavalle. Incluso ahora, si me dicen de ir a un cine, voy a los pocos y tristes que quedan en Lavalle. A esos teatros inmensos con olor a humedad, con goteras, que en sus años mozos supieron mostrarle a los ridículos de galera lo que era bueno. Ahora son, en comparación con los nuevos robots de estaño y aluminio: imperios de casi veinte salas, poco menos que carretas con ruedas de madera que traquetean sobre los adoquines empapados. Y es que, vamos, algunos, como yo, siguen prefiriendo los apagones constantes y el vaivén de la línea A de metro, vieja como las ganas de comer, que la velocidad y confortabilidad de las otras líneas más modernas. Porque ir al cine es mucho más que ver una película. Representa mucho más que asomarse a la última fila y decir: Joder, hermano, mirá qué empinado está el asunto con las butacas. Pareciera que ahora quieren poner picos montañosos en las salas.
¿No era toda una aventura esquivar al cabronazo que teníamos adelante, cuya fisonomía nerviosa hacía las delicias de nuestra intolerancia?
Y voy aclarando que esto no es un artículo de sociedad. Es un hecho factible que los cines de Lavalle están muriéndose uno por uno hasta convertirse en poco honorables negocios de ropa de oferta, mientras que la verdadera competencia pasa al campo de los complejos cinematográficos donde la esencia está en la cantidad y forma de chirimbolos puestos en las paredes y no tanto en la calidad de lo que pasan en la pantalla. Así que, sin quererle cambiar la perspectiva de la vida a nadie, yo me voy silbando bajito con mi balde para evitar goteras. Voy a elegir la butaca que esté más plana con respecto al suelo. Me pondré en medio de un grupo israelita que hable en las partes más intensas de la película en arameo antiguo, sea cual sea, y seguro que será un bodrio porque esa es otra realidad de lo que hoy se puede esperar en cualquier sala de cine del mundo, y disfrutaré los últimos estertores del viejo Atlas de la ya casi olvidada Lavalle.
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Respuestas

27 Octubre 2005 - 10:13
Pepa's turn

Yo aún recuerdo las salas con el suelo de madera. Cuando te levantabas para acudir al baño durante una película, las pisadas se convertían en leves crujidos. Era un sonido muy reconfortante. Actualmente no han invadido las moquetas, los menús de refrescos complementados con inmensos cubos de pop corn, la estridencia del Dolby Digital Surround...ver Jurasic Park en el cine era insoportable, con aquellos foribundos berridos emitidos por tan gigantescas lagartijas. Lo único que está en nuestra mano es volver a las pocas salas de cine que mantienen aquel sabor bien conocido, el cine de una gran sala donde se proyecta una sola película y siempre está el viejito solitario en la primera fila.

27 Octubre 2005 - 10:44
Dragonfather VI

Si hablamos de viejo, tendríamos que ver cómo queda el viejo ese del banner justo al inicio del artículo: parece que lo estuviera relatando él. Un efecto unilateral producido por la mente absurda del autor. Sin más, retirome.

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