Viernes 25 de Noviembre de 2005

TIERRA DE ENTRAÑAS

... bajo el cielo chaqueño una vez me contaron esta historia...

     No servía preguntarse quien era más dichoso de los dos, el pasaje del día traería su respuesta con fortuna o no. ¡Quizá fuera un día extraordinario! Entonces dormiríamos a pata suelta bajo el lapacho seco que se recostaba a orillas del Bermejo, con la panza llena y acallada.  

     Los días menos generosos nos tocaba acurrucarnos el uno con el otro. No sé cuándo nació esa costumbre, él en posición fetal, yo apoltronado en su engañosa barriguita. Me bastaba su sonrisa para ser feliz, mis patas de perro demasiado flaco poco importaban a la hora de compartir un plato o matar alguna perdiz, que yo sabía, él llevaría al viejo para que la asara.

     Podría haber buscado una vida mejor, quien sabe hasta donde mis patas me habrían llevado... pero no conocía otra forma de vida. Nací al mundo con él a mi lado y desde entonces no nos hemos separado. Cuando era más pendejo y aun no dominaba sus torpes y flacos brazos, infinitas veces le permití tirarme al suelo.

     Lo que él era para mí... no sabría decirlo. Era mi extensión humana. Y más de una vez el escudo a las palizas que el viejo me daba.

     Aquí el calor no arreciaba más que uno o dos meses al año, el impenetrable ya no lo era tanto, sólo una vieja selva desierta de agua; con algunos bichos tercamente negados a extinguirse como yo. Cada mediodía solíamos huir silenciosos del rancho a la cuenca del río seco. Ese río de puzzles amarronados, figuras imprecisas, hexagonalmente dispuestas para ser desprendidos por la mano humana en un juego de rompecabezas de barro árido. Corríamos por la ribera hasta dar con una brecha de agua sólo por gusto.

     Algunas tardes más tristes, solía escuchar en su voz aflautada alguna nota quebrada; veía en sus ojos oscuros matices opacos de nostalgia. Esa tarde al primer  surco de agua encontrado se tiraría en la cuenca, llorando bajito lágrimas de barro, acariciando ese lecho cuna que una noche se llevó a su madre en una crecida. Sólo por un rato me quedaba quieto sin mirarlo para no avergonzarlo, compartiendo el hambre y los fantasmas en silencio. Después íbamos al aljibe, que a siete kilómetros de camino por la selva chaqueña se hacía desear por la sed.

     Él crecía poco, sus huesos flacos se estiraban menos cada mes, entonces supe que las perdices ya no aplacarían nuestros vacíos estomacales. La muerte podría llegar cualquier día,  a mí o a él. Seguramente sería yo el primero, un perro nunca llega más allá de los quince años.

     Yo pensaba mucho en eso.

     Pero la Pachamama habrá escuchado mis ruegos. De un día para otro mis carnes se fueron secando, el sol de la tarde absorbió poco a poco el agua de mis tejidos, mi pelo se fue cayendo prolijamente hasta que pareció que nunca hubiera existido, y en su lugar  solo fue quedando un cuero duro pero suave.

     Entonces quise irme de su lado, no había porqué asustarlo.

     El tiempo que llevo aquí dentro me impide tener precisión del tiempo pasado. No recuerdo por cuantas fases pasé antes de llegar a ser sólo carne. Carne seca y salada, un charqui perfecto  para la guisada.

     Como ya dije antes, él era mi extensión humana, acaso en sus ojos perdidos había comprendido el dolor humano en la muerte; pero yo nunca lo sabría.

     Ahora, por fin, mi cuerpo salado alimenta el suyo.

Publicidad

Respuestas

09 Marzo 2006 - 09:05
Enviar un email Ricardo Bruno

Copio textos ajenos en 17 blogs. http://indicedebruno.blogspot.com/ Pero todavía no sé usar los blogs y no sé si alguna vez aprenderé. ¿Este blog es de Carolina? Porque una de las cosas que no sé es compartir blogs. Muy lindo el texto de Carolina.

Publique un comentario